El corazón de Nolan martilleaba contra su caja torácica mientras el chillido del viento ártico le desgarraba los oídos. A través de las gafas cubiertas de hielo, vio una sombra que se movía pesadamente por el horizonte helado. No había tiempo para pensar. El instinto le decía que corriera, pero sus pies no se movían de su sitio.
Un tremendo rugido rompió el gélido silencio y resonó en la vasta tundra. El pánico corrió por las venas de Nolan cuando se dio cuenta de que el bulto de pelaje blanco era un oso polar, enorme y amenazador. Le clavó los ojos y su aliento se elevó en una nube ominosa.
Intentó retroceder, pero sus botas patinaron sobre el hielo resbaladizo. Mientras caía hacia atrás, indefenso y expuesto, el oso se levantó y se cernió sobre él como un espectro de perdición. Buscó a tientas su radio, pero la zarpa de la criatura la hizo pedazos al instante.
El sol de la mañana apenas había aparecido en el horizonte ártico cuando Nolan salió de su cabaña. Era pescador de profesión, acostumbrado a los vientos cortantes y a los témpanos a la deriva. Sin embargo, cada amanecer le planteaba un nuevo reto contra la inmensidad cargada de nieve.

Todos los días seguía la misma rutina: revisar su equipo, llevar las raciones justas y enfrentarse a las ráfagas de viento. A pesar del malestar que le revolvía el estómago, seguía adelante. La soledad no era extraña aquí, pero había peligros que acechaban más allá de la gélida calma.
Los cazadores furtivos vagaban por estas aguas, aprovechándose de quien se cruzara en su camino. Nolan había oído rumores, historias de gente robada o desaparecida y de campamentos enteros dirigidos por criminales despiadados. Nunca se había encontrado cara a cara con esos hombres, pero la idea de que existieran rondaba sus sueños.

Su cabaña estaba situada en una ligera elevación cerca de una ensenada helada. Una gruesa capa de nieve cubría el tejado, formando carámbanos que goteaban cada vez que un rayo de sol calentaba las vigas. Dentro, todo estaba ordenado: una cama estrecha, una estufa de leña y una pequeña mesa con aparejos de pesca.
Aquel día se había preparado un café para alejar el cansancio de una noche agitada. En su mente se agolpaban los recuerdos de la pesca, las precarias placas de hielo y los avisos de tormenta. El único consuelo que encontraba era su inquebrantable empeño por sobrevivir.

La radio de su mesa crepitaba de vez en cuando con la charla de otros pescadores. La mayoría de las transmisiones advertían sobre el desplazamiento de las masas de hielo o la previsión de fuertes tormentas. Nolan escuchaba atentamente, consciente de que un solo descuido en aquel lugar podía costarle la vida.
Se puso varias capas de ropa térmica: calcetines gruesos, un forro polar y una parka cortavientos. Se aseguró de que los clavos de tracción de sus botas estuvieran bien sujetos. En el lejano norte, un resbalón podía significar el desastre si no se podía recuperar el equilibrio rápidamente.

Antes de salir, cogió un pequeño bocado de pescado seco. Prefería su sabor salado y le proporcionaba un chute de energía para el frío cortante. Mientras picoteaba, miró al horizonte y observó unas tenues nubes que advertían de una posible nevada más tarde ese mismo día.
Nolan llegó a su lugar de pesca habitual, una zona que había explorado durante años. El hielo era grueso pero frágil en algunas zonas, y el agua estaba repleta de peces resistentes. Buscó un lugar adecuado, quitó la nieve suelta y preparó el taladro.

Cada rotación del taladro le recordaba el duro entorno al que se había acostumbrado a lo largo de los años. Se apoyó en el mango hasta que el taladro cavó más hondo. Fue un trabajo agotador, agravado por el viento implacable que le quitaba el calor de los dedos.
Cuando por fin logró abrirse paso, retiró con cuidado el hielo suelto y preparó la caña. Pescar en estas zonas requería paciencia. Los peces no nadaban en masa como en aguas más cálidas. Cada captura era como una pequeña victoria sobre el duro designio de la naturaleza.

Se tomó un momento para apreciar la majestuosa soledad: el infinito horizonte blanco, el leve zumbido del aire helado y el lejano resplandor del techo de su cabaña. Sí, era un lugar solitario, pero también era impresionante en su pureza y calma.
Aquella decisión puso en marcha una cadena de acontecimientos que nunca olvidaría. Sintió el primer temblor bajo sus botas y lo descartó como un movimiento de hielo. Pero cuando le siguió un segundo golpe más fuerte, los sentidos de Nolan se agudizaron. A lo lejos, en la penumbra vacilante, divisó una forma corpulenta. Se le retorcieron las tripas al darse cuenta: un oso polar.

Nolan conocía muy bien la reputación de estos depredadores, famosos por su ferocidad y astucia. Con el corazón palpitante, se obligó a respirar de manera uniforme. Correr era un suicidio en esta superficie resbaladiza. En lugar de eso, se apartó lentamente, esperando que el oso perdiera interés y se alejara.
Sin embargo, la enorme bestia se acercaba, y cada paso deliberado anunciaba su intención letal. La mente de Nolan repasaba cuentos con moraleja: un solo zarpazo podía aplastarle el cráneo, una embestida podía destrozarle. El sudor frío le cubría la frente mientras luchaba por no dejarse llevar por el pánico.

Intentó retroceder, con las botas resbalando sobre el hielo traicionero. El miedo clamaba en su pecho, robándole el equilibrio. En ese momento, tropezó y agitó los brazos en un intento desesperado por mantenerse en pie. El oso polar seguía avanzando, con su aliento humeante en el aire helado.
Con mano temblorosa, Nolan buscó a tientas su radio, su última esperanza. Pero la enorme pata del oso se estrelló contra el suelo, astillando el plástico con un crujido repugnante. Un silbido de estática resonó en los oídos de Nolan, sofocando la razón. Su mente gritaba que era el fin, que su mundo estaba a punto de desvanecerse. Sin embargo, la muerte no llegó. En su lugar, el oso hizo una pausa, exhalando un gruñido grave y estruendoso que hizo temblar los huesos de Nolan.

Entonces, como si hubiera sido convocado por una señal invisible, el oso polar se alejó de él. Olfateó el aire, de repente más interesado en el persistente olor a pescado que en la temblorosa figura de Nolan. Aquella pequeña misericordia le sacudió del borde del terror ciego.
Agarrándose al hielo con los dedos entumecidos, observó cómo el oso rebuscaba en su trineo. Cada crujido y cada chasquido de la madera al romperse reverberaban en la extensión helada. La mente de Nolan daba vueltas, dividida entre la desesperada gratitud por su vida y una nueva oleada de horror ante el poder impredecible de la criatura.

El oso devoró el pescado a bocados salvajes, con los músculos ondulando bajo su pelaje blanco. Entre bocado y bocado, resoplaba y jadeaba, como si estuviera exhausto. Nolan parpadeó, aturdido al darse cuenta de que aquel colosal depredador era cualquier cosa menos triunfante: parecía desesperado, incluso lastimero, en su frenética alimentación.
Se quedó sin aliento cuando el oso volvió a girar su enorme cabeza hacia él. Un gemido gutural sacudió el hielo bajo ellos. Nolan se dio cuenta entonces de lo hambriento que debía de estar, de cómo la vida en esta tierra despiadada había llevado a la bestia a tal osadía.

Jadeante y tembloroso, se obligó a incorporarse. Cada nervio le gritaba que huyera, pero no podía. La mirada del oso era extrañamente lastimera, con los ojos llenos de una súplica tácita. ¿Podría una criatura tan mortífera estar pidiendo ayuda, en lugar de planear su perdición?
El tiempo se ralentizó cuando buscó en su mochila un trozo de pescado seco. Las manos le temblaban incontrolablemente y el corazón le retumbaba en los oídos. El oso se acercó y sus fosas nasales se encendieron al percibir su aroma salado. La visión de Nolan se nubló por el miedo, pero algo más profundo le susurró que debía actuar.

En contra de su buen juicio, extendió el brazo. El oso se inclinó hacia él, con los hombros tensos, listo para huir o atacar. Nolan apenas podía tragar saliva. Sintió el calor que irradiaba su enorme cuerpo, olió su penetrante aliento e intentó no imaginarse aquellas mandíbulas letales cerrándose de golpe.
Un suave gruñido rompió la tensión. El oso polar aceptó su ofrenda y tragó el bocado de un solo trago. Nolan exhaló de golpe, sorprendido al darse cuenta de que seguía vivo. Por un momento, depredador y presa parecieron enzarzados en un frágil entendimiento.

En ese instante, algo cambió. A pesar del miedo que seguía corroyendo a Nolan, apareció otra emoción: una cautelosa empatía. Los ojos del oso se desviaron y volvieron a clavarse en él. Resopló y su mirada se dirigió a su mochila, como si esperara otro bocado.
Nolan cogió más pescado seco, con el corazón latiéndole tan fuerte que pensó que le delataría. El oso olfateó el aire y curvó los labios, pero no en forma de gruñido, sino de anticipación. Cada segundo se tensaba como un alambre y su mente racional le gritaba que aquello era una locura.

Tras engullir el segundo trozo, el oso se alejó unos pasos y se detuvo. Su cabeza giró de nuevo hacia Nolan, provocándole pavor en las tripas. Pensó que había llegado el momento: se le había acabado el tiempo y el oso quería una nueva presa.
Sin embargo, soltó un gemido grave y se volvió hacia el trineo de Nolan. Con un solo golpe de sus garras, la criatura desgarró el armazón de madera, astillándolo en su búsqueda de más peces. A Nolan se le revolvió el estómago al oír el crujido de la madera al romperse: sin el trineo, no habría escapatoria rápida si la bestia se volvía hostil.

Se puso de pie sobre piernas inestables, con las rodillas amenazando con doblarse bajo el peso de la adrenalina. Una voz interior le gritaba que atravesara la tundra sin mirar atrás. Pero había algo en la urgencia del oso que le atraía y le obligaba a anular la cautela.
El cielo ártico se cernía sobre él, adquiriendo un ominoso tono violeta. Las ráfagas de viento azotaban las mejillas de Nolan con cristales de hielo que escocían como agujas. Cada paso que daba era como una traición a su instinto de supervivencia. Sin embargo, no podía negar la extraña compulsión de obedecer la súplica silenciosa de la criatura.

A medida que se alejaba del trineo destrozado, le invadía una aplastante sensación de aislamiento. La silueta familiar de su cabaña se desvaneció en la penumbra arremolinada. Desapareció la seguridad de sus rutinas trilladas, sustituida por un silencio espeluznante que le atenazó el corazón con un puño helado.
Cada pisada producía un crujido hueco, amplificado por la absoluta quietud que lo rodeaba. Nolan casi esperaba que el oso se arremolinara y lo atacara, pero siguió adelante y sólo se detuvo para mirar hacia atrás con la misma mirada inquietante. Cada mirada le producía una nueva sacudida de terror.

Se encontró susurrando al viento disculpas a medias, como si pidiera perdón al Ártico. Cada movimiento de los músculos del oso, cada movimiento de sus orejas, le hacía prepararse para un ataque. Sin embargo, el animal no arremetió, ni siquiera enseñó los dientes.
Anochecía, acelerado por nubes densas y bajas. A Nolan se le erizó la piel al sentir que estaba invadiendo un reino al que los humanos no pertenecían. Se maravilló de cómo la silueta del oso se fundía con la oscuridad, haciéndolo parecer casi espectral.

De repente, el oso se detuvo y giró su colosal cuerpo hacia él. A Nolan se le aceleró el pulso. Se quedó helado, sintiendo cómo el aire helado le penetraba en los pulmones. Entonces, con una lenta exhalación, se dio cuenta de que la mirada de la criatura se posaba en la bolsa de pescado seco que llevaba al cinto.
El alivio chocó con el miedo, dejándole tembloroso y sin aliento. Por supuesto que el oso quería más comida; no buscaba su carne, al menos de momento. Nolan buscó otro trozo a tientas y casi lo dejó caer cuando el frío le entumeció las yemas de los dedos. La tensión crepitaba como estática.

Extendió el pescado seco y estuvo a punto de desmayarse por la oleada de terror y asombro. El oso se acercó, con el vapor saliendo de sus fosas nasales. El tiempo volvió a ser fluido, como si la misma noche ártica contuviera la respiración, observando cómo el hombre y la bestia se fundían en esta extraña danza.
Cuando tomó el bocado, Nolan dejó caer el brazo, con el alivio inundándole las venas. El oso olisqueó sus botas, rozándolas con su húmedo hocico. Todos sus instintos le pedían a gritos que se apartara, pero de algún modo permaneció quieto, con los ojos clavados en la enorme cara del animal.

Un gruñido estruendoso señaló el final de este frágil momento. El oso se volvió de nuevo, adentrándose en la noche. Nolan se quedó allí, con la respiración entrecortada, preguntándose si estaba loco por seguirlo. Pero un tirón en el pecho -en parte miedo, en parte compasión- le impulsó a seguir adelante.
Miró hacia atrás una vez y vio la débil silueta de su trineo en ruinas a lo lejos, detrás de él. Una punzada de pérdida le atravesó, al darse cuenta de que regresar ya no sería sencillo. El viento aullaba, el único testigo de su decisión de seguir las pesadas huellas del oso.

Con cada pisada en el hielo traicionero, la mente de Nolan se tambaleaba con las historias que había oído: de osos polares que desgarraban tiendas, de horribles incursiones de piratas, de vagabundos perdidos para siempre bajo la nieve. Ahora que acababa de quedarse sin pescado, un temor se apoderó de él: ¿sería él el siguiente?
Las pesadas pisadas del oso rechinaban contra el suelo helado, y cada impacto era un recordatorio de su enorme fuerza. Nolan sentía que su corazón se aceleraba cada vez que la bestia se detenía, mirando hacia atrás como si buscara más comida. Cada mirada le producía una punzada de pánico.

Intentó calmarse, recordando que el oso había cogido peces en lugar de ir directamente a por su garganta. Pero sin raciones que ofrecerle, no podía evitar imaginar las mandíbulas de la criatura cerrándose en torno a su carne. El miedo se aferró a él como una sombra.
Sin embargo, algo más le tiraba desde debajo del terror: una sensación suave y persistente de que el oso estaba tan desesperado como él. Paso a paso, avanzó a través del silencio de la noche ártica, dividido entre el impulso de huir y la imposible atracción de seguirle.

Pero justo cuando empezaba a pensar en volver atrás, convencido de que todo aquello era una locura, divisó un débil resplandor. La luz del fuego brillaba en la oscuridad, revelando formas acurrucadas cerca de un refugio improvisado. Se le oprimió el pecho. Aquí acampaban humanos, probablemente cazadores furtivos.
Se agachó y el viento le hizo oír voces apagadas. Reconoció el chasquido de los rifles y el tintineo de las trampas metálicas. No era una reunión amistosa. Se le hizo un nudo en la garganta. El oso avanzó soltando un gruñido grave que reflejaba su sensación de terror.

Unas tiendas de lona oscura salpicaban la nieve como sombras ominosas, cada una iluminada por una única linterna que proyectaba formas danzantes sobre el hielo. Cajas de madera y barriles de metal formaban barricadas sueltas alrededor de las hogueras, que chisporroteaban con brasas moribundas. Cada ráfaga de viento hacía saltar chispas que iluminaban momentáneamente la penumbra.
Nolan se arrastró a lo largo del perímetro exterior, abriéndose paso detrás de las pilas de cajas de suministros. Apretó el cuerpo, respirando entrecortadamente, cuando oyó voces apagadas cerca de él. De vez en cuando, un pirata pasaba pisando fuerte, con sus botas crujiendo en la nieve, obligándole a detenerse hasta que la patrulla se desvanecía en la oscuridad.

Una mirada más atenta reveló más detalles: cuerdas medio congeladas, sacos de dormir maltrechos y latas esparcidas. Los cazadores furtivos habían colocado trampas, cada una de ellas forrada con malvados dientes metálicos que brillaban bajo el resplandor de la linterna. Nolan tragó saliva, con cuidado de no mover nada que pudiera sonar o romperse bajo sus botas.
Vislumbró las siluetas de unos hombres encorvados sobre una mesa improvisada, con los rifles al alcance de la mano. Cerca, una pila entera de pieles ilegales era testigo mudo de matanzas pasadas. El pulso de Nolan latía con fuerza, imaginando el destino que podría aguardar a la madre oso polar si fracasaba esta noche.

Entre las cajas y el borde de una tienda, vio al osezno enjaulado. Su corazón se encogió al ver su diminuta figura, temblando contra los barrotes de hierro. Se dijo a sí mismo que debía mantener la concentración, ignorar el miedo adormecedor y confiar en sus instintos para pasar desapercibido.
Paso a paso, se fue acercando. El cachorro emitió un quejido lastimero que le incitó a moverse más deprisa. Manteniéndose agachado, rodeó una caja medio derribada, comprobó que nadie le observaba y se lanzó hacia delante. La jaula metálica se alzaba ante él y cada aliento le quemaba el pecho.

Se agachó, tanteando la cerradura, con la frente empapada de sudor a pesar del frío. Cada sutil chasquido le resultaba ensordecedor. Por fin, cedió. Nolan abrió la puerta con cuidado, esperando que no chirriara. Pero el cachorro, sintiendo la libertad, salió disparado con temeraria energía, derribando la puerta con un estruendo metálico.
El estruendo rasgó la gélida quietud. Se oyeron gritos, las linternas rasgaron la oscuridad y los pasos se dirigieron rápidamente hacia la posición de Nolan. Maldijo en voz baja, preparándose para lo peor. Entonces, un rugido atronador resonó por todo el campamento, la madre osa anunciando su ira.

El caos se apoderó del lugar. Los cazadores furtivos se apresuraron a coger sus armas, y algunos intentaron responder a tientas. Nolan vio una abertura cerca de una mesa apilada con equipo, incluida una radio. Se abalanzó sobre ella y agarró el aparato justo cuando el primer disparo zumbaba sobre su cabeza.
Sujetando la radio con fuerza, corrió tras el cachorro que huía. Cada bocanada de aire le escocía los pulmones, cada zancada amenazaba con hacerle caer al suelo resbaladizo. Gritó por la radio, intentando llamar a los agentes de protección de la naturaleza. Pero la estática respondió con un siseo que no le tranquilizó.

Volvió a oír el rugido de la madre osa en algún lugar del campamento. El ruido fue seguido de gritos frenéticos. Nolan esperaba que estuviera bien, pero no podía hacer nada si lo atrapaban. Tenía que hacer valer la llamada de auxilio.
Se agachó detrás de un gran montículo de nieve y contuvo la respiración. El cachorro se apretó contra su costado, tembloroso. Los pasos de las botas crujían peligrosamente cerca. Cerró los ojos y apenas se atrevió a inspirar. Entonces la radio volvió a la vida, una voz emergió débilmente a través de la estática.

Su corazón latía como un tambor de guerra. Dividido entre permanecer en silencio para evitar ser detectado o transmitir su ubicación, eligió el coraje. “Soy Nolan”, susurró con voz ronca. “Hay cazadores furtivos… coordenadas aproximadas… cerca de la gran cresta de hielo” Escupió las direcciones lo mejor que pudo.
Apenas había terminado cuando dos cazadores furtivos lo agarraron. Uno le arrebató la radio de la mano, arrojándola lejos. El otro aferró al aterrorizado cachorro, ahogando sus gritos. Nolan pataleó y se retorció, pero el agarre era férreo. Su mente daba vueltas de terror.

Lo arrastraron de vuelta a la guarida, una estructura andrajosa rodeada de provisiones dispersas. Las sombras danzaban bajo la vacilante luz del fuego, pero no había rastro de la madre osa. A Nolan se le aceleró el pulso y sintió miedo por la madre herida o atrapada.
Los hombres le ataron las muñecas con una cuerda gruesa. Sentía el sabor de la sangre en la boca, probablemente de un labio partido. El cachorro gimoteó, acurrucándose cerca de él. Nolan miró a su alrededor, pero no había nadie más que pudiera ayudarle. Estaba solo, a su merced.

De repente, unas patas atronadoras golpearon el hielo detrás de los cazadores furtivos. La madre osa había regresado, con su furia irradiando a cada zancada. La esperanza de Nolan se encendió momentáneamente, imaginando a los criminales huyendo aterrorizados. Pero entonces se fijó en la inquietante sonrisa de un cazador furtivo. Algo no encajaba.
Una trampa de cuerda oculta se interponía en el camino de la osa. Los cazadores furtivos se habían anticipado a su regreso. Nolan gritó, tratando de advertirla, pero su voz sólo desencadenó la carga de la bestia. Se lanzó hacia delante, consumida por la rabia protectora, directa hacia el gatillo letal del cepo.

La red salió disparada, gruesa y pesada. Cayó sobre la osa con un fuerte golpe. Ella rugió furiosamente, retorciéndose y agitándose, pero cuanto más luchaba, más se tensaba la red. A Nolan se le apretó el pecho de horror. Estaba atrapada, totalmente vulnerable.
Los dos cazadores furtivos se rieron, chocando las manos. Uno de ellos levantó la radio, llamando a sus compinches para que volvieran de dondequiera que les hubiera perseguido el oso. Nolan se retorció las muñecas, sintiendo un dolor punzante, pero las cuerdas se negaron a ceder. La desesperación se apoderó de él, fría como el viento ártico.

La frustración de Nolan aumentó mientras probaba las cuerdas que le mordían las muñecas. Sus botas no tenían tracción en el hielo resbaladizo, lo que le impedía agarrarse lo suficiente para soltarse. Buscó una espada o un trozo de metal, pero todo permanecía fuera de su alcance.
Al retorcerse de nuevo, el dolor le recorrió la piel en carne viva. Todas las tácticas que había imaginado -golpear los nudos sueltos, romper la cuerda con fricción- no llevaron a ninguna parte. Los rugidos del oso polar seguían cortando el aire helado, burlándose de su incapacidad para actuar. Entonces oyó pasos frescos crujiendo en la nieve.

A lo lejos, surgieron siluetas: los otros cazadores furtivos regresaban, atraídos por la promesa de capturar un trofeo tan valioso. Sus voces llenaron el aire de crueldad y triunfo. Nolan sólo podía imaginar el destino que aguardaba a la madre osa y a su osezno.
Dieron vueltas alrededor de Nolan, regodeándose de su inminente día de paga. Algunos se burlaron y le patearon la nieve. Se obligó a mantener la calma, consciente de que el pánico no resolvería nada. El cachorro se acercó, tembloroso. Nolan deseó poder consolar a la pobre criatura.

Pero el destino intervino en forma de un estruendo lejano. Al principio, Nolan pensó que era un trueno. Luego vio unas luces que barrían la tundra, acompañadas por el inconfundible zumbido de unos motores. Los agentes de protección de la naturaleza habían llegado, atraídos por su transmisión urgente.
Una oleada de alivio recorrió a Nolan. Los cazadores furtivos se apresuraron y algunos salieron disparados hacia sus motos de nieve. Pero los agentes eran expertos en maniobras árticas. Se abrieron en abanico, cortando las rutas de escape. En unos instantes se produjo un tenso enfrentamiento, con los agentes ladrando órdenes a través de megáfonos.

Sonaron disparos, no de balas, sino de bengalas de advertencia. Unas ráfagas cegadoras encendieron el cielo oscuro, obligando a los cazadores furtivos a protegerse los ojos. Con una determinación inquebrantable, los agentes avanzaron abordando a los hombres armados y atándoles las muñecas con bridas. Su coordinación era evidente.
Uno de los agentes corrió al lado de Nolan y cortó las cuerdas con un movimiento rápido. Otro acunó al tembloroso cachorro, alejándolo del caos. Un puñado de agentes se concentró en la madre osa atrapada, levantando con cuidado la pesada red que la inmovilizaba.

Una vez libre, la madre osa se encabritó, soltando un gruñido gutural que sacudió los nervios de Nolan. Pero sus ojos encontraron a su osezno y se acercó a él para olfatearlo y empujarlo suavemente. Las piernas de Nolan casi se doblaron de alivio al verlos juntos.
Los agentes detuvieron a los últimos cazadores furtivos y acallaron sus protestas con el brillo de las esposas. Algunos delincuentes intentaron escabullirse, pero el Ártico no ofrecía ningún lugar al que huir una vez acorralados. Nolan se frotó las muñecas, sintiendo que le invadían tanto el agotamiento como la gratitud.

Uno de los agentes le dio una palmada en el hombro. “Lo has hecho bien”, le dijo. “Llevamos años intentando atrapar a estos furtivos. Gracias por el chivatazo” Nolan exhaló temblorosamente, las palabras le fallaban. Los rugidos se desvanecieron, sustituidos por el zumbido constante del alivio.
Liberado de sus ataduras, Nolan tropezó con una moto de nieve, guiado por el brazo firme de un agente. Al fondo, otros agentes comprobaban si la madre osa estaba herida, asegurándose de que podía moverse sin peligro inmediato. El osezno se apretaba contra ella, en una imagen de frágil reencuentro.

Condujeron a Nolan a un puesto cercano, una modesta estructura equipada con material médico y equipos de radio. Allí hizo una declaración completa en la que describió la espeluznante persecución, la llamada de radio y cómo había seguido al oso polar. Los agentes escucharon atentamente.
Poco después, un agente devolvió a Nolan su mochila, que contenía algunos objetos personales y una pequeña porción de pescado seco. “Tienes suerte de haber traído suficiente para compartir”, bromeó el agente. Nolan esbozó una sonrisa cansada, reflexionando sobre cómo aquel acto lo había cambiado todo.

Un equipo veterinario examinó a la madre y a su osezno. Tras comprobar que ninguno de los dos sufría lesiones que pusieran en peligro su vida, los trasladaron a un entorno natural más seguro. Cuando Nolan vio alejarse a las criaturas, sintió una oleada de alivio y de tranquilo orgullo.
Una vez cumplidas las formalidades, los agentes escoltaron a Nolan hasta su camarote. El calor familiar de su estufa le reconfortó de una forma que nunca antes había apreciado. Esa noche, con el cansancio pesándole en los párpados, se quedó dormido, agradecido por haber ayudado a preservar un frágil trozo de este mundo helado.
