El obturador de la cámara se disparó, congelando lo que parecía un momento perfecto en el tiempo. Pero en el fondo, Oliver sintió un escalofrío que no podía quitarse de encima. “Algo va mal”, pensó, mirando fijamente la pequeña pantalla de la cámara.

Sus ojos se abrieron de par en par al ampliar la imagen. Una oleada de pavor le invadió y le hizo temblar los dedos. “¿Pero qué…?”, murmuró en voz baja. ¿Estaba cansado de un largo día? ¿O estaba mirando algo que podría poner patas arriba ese día tan especial? Acercó el zoom a una parte concreta de la fotografía, pero seguía sin poder descifrarla por completo.

Como fotógrafo de bodas, la tarea de Oliver era ayudar a convertir la boda en el mejor día de la vida de los novios. ¿Cómo podía ser él la causa de que se convirtiera en el peor día de sus vidas? Sin embargo, lo que vio era demasiado grande para ignorarlo, tenía que hablar.

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Sólo unas horas antes, la principal preocupación de Oliver había sido la posibilidad de llegar tarde a su concierto. En el gran esquema de las cosas, había parecido tan crucial -navegar a través del tráfico, cumplir con las expectativas del cliente. Pero ahora, mirando hacia atrás, esas preocupaciones le parecían pequeñas y tontas, casi irrisorias. Deseaba poder volver a la sencillez de aquella época, cuando sus mayores temores eran los atascos y hacer felices a sus clientes, no la imagen confusa que ahora veía en su cámara.

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Oliver era un fotógrafo experimentado, un hombre cuyo objetivo lo había captado todo, desde novias ruborizadas hasta puestas de sol en la montaña. Su cámara era como una extensión de sí mismo, capturando la belleza que veía en el mundo. Pero hoy parecía haber captado algo totalmente distinto, algo impactante.

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Aquella mañana, Oliver se despertó entusiasmado. Le encantaba fotografiar bodas, y ésta era en un lugar de ensueño, como de cuento de hadas. La pareja le había llamado en el último momento porque su fotógrafo original se había puesto enfermo. Estaban en apuros y Oliver estaba encantado de intervenir.

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Normalmente, Oliver exploraba el lugar de la boda con días de antelación para encontrar los mejores lugares para hacer fotos y prepararlo todo. Pero esta vez fue diferente. Como era de última hora, no podía hacer su trabajo de preparación habitual. Así que se prometió a sí mismo que llegaría unas horas antes para compensar. Sin embargo, la vida tenía otros planes para él..

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Su hermana casi nunca le pedía ayuda, así que cuando esa mañana le telefoneó sonando desesperada, Oliver supo que algo grave estaba pasando. Se encontraba mal y su ex marido estaba de vacaciones. A pesar de encontrarse mal, había conseguido llevar a su hija Hailey al colegio, pero ahora le estaba subiendo la fiebre y no podía volver a salir.

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“¿Puedes recoger a Hailey a las tres de la tarde?”, preguntó, con urgencia en la voz: “Mi médico dice que no debo salir de casa”. La decepción se apoderó de Oliver; este favor significaba que ya no podría llegar temprano al lugar de la boda para prepararse. Tendría que ponerse a trabajar nada más llegar. Pero la familia era lo primero, sobre todo para su única hermana. Ocultando su decepción, accedió a recoger a Hailey.

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Esa tarde, Oliver se apresuró a recoger a su sobrina Hailey del colegio. La niña de ocho años estaba habladora y enérgica como de costumbre, contándole a su tío todo lo que se había perdido desde la última vez que la vio. Oliver hizo todo lo posible por escuchar con atención, pero su mente no dejaba de pensar en la sesión de fotos de la boda.

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Se dio cuenta de que ya no podía explorar el lugar ni probar la iluminación. Tendría que confiar en sus habilidades e instintos para conseguir las tomas perfectas para el gran día de la pareja. Tras llegar a casa de su hermana, Oliver se apresuró a acomodar a Hailey y le aseguró que volvería por la tarde. Ahora tenía cosas más importantes de las que preocuparse, como conseguir las mejores fotos de la boda. No sabía que pronto desearía haberse quedado en casa.

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Subió al coche y corrió hacia el lugar de la boda, esperando que el tráfico no le hiciera llegar demasiado tarde. El sol era una brasa ardiente que se hundía perezosamente en el horizonte como si también hubiera renunciado a que Oliver llegara a tiempo a la boda. Tenía los nudillos blancos, agarrando el volante con frustración. El lugar de la boda, el castillo de Artagne, le parecía lejano mientras miraba el reloj del salpicadero. Eran las 17:47 y cada minuto que pasaba le hacía llegar más tarde.

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El claxon del coche sonaba como si se burlara de él, aumentando su estrés. “¿Por qué hoy? ¿Por qué ahora?”, pensaba Oliver. Como fotógrafo de bodas, capturar momentos de alegría era el trabajo de su vida. Pero justo en ese momento, su propia felicidad se sentía lejana, oculta tras el creciente sentimiento de decepción.

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Después de estar atascado en el tráfico durante lo que le pareció una eternidad, Oliver por fin pudo conducir rápido por una carretera vacía, como si intentara alcanzar al sol poniente. Cuando llegó al castillo de Artagne, le asombró su grandiosidad. Las altas torres brillaban con la última luz del día, haciendo que la boda pareciera aún más especial. Pero cuando sacó su equipo, empezó a sentirse nervioso. Algo no iba bien, como si todo estuviera en vilo.

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Sus ojos se cruzaron con los de los recién casados, Michael y Anna, que lucían mágicos con sus trajes de boda. Suspiraron aliviados cuando él se acercó. “Lo he conseguido. Todavía puedo hacerlo bien”, se tranquilizó.

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No sabía que aquella noche le haría replantearse todo lo que creía sobre las historias de amor sencillas. Se avecinaba un giro sorprendente que le haría cuestionarse no sólo a la pareja que estaba fotografiando, sino también su trabajo de capturar los momentos más felices de la vida.

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Mientras apuntaba con su cámara a la pareja, encuadrándola bajo un gran arco florido, el sol poniente parecía reflejar sus propios sentimientos de inquietud. Lo atribuyó al subidón de adrenalina por las prisas por llegar a tiempo al lugar de la boda, se encogió de hombros y se preparó para hacer las primeras fotos.

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Los ojos de Oliver miraban a través del visor de la cámara, tomando fotos con la gracia de un maestro dirigiendo una sinfonía. Cada clic capturaba risas, amor y los detalles brillantes del lugar de la boda. “Perfecto”, pensó, sintiendo la conocida satisfacción de haber captado el momento justo.

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A continuación hizo un primer plano de los novios, una toma aparentemente normal. Pero al revisar la foto, algo le llamó la atención. Era tan sutil y a la vez tan llamativamente fuera de lugar. Sintió que su corazón se aceleraba. Disimulando su reacción con una sonrisa practicada, bajó la cámara y fingió ajustar una configuración.

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Ahora comprendía el origen de su malestar anterior. Se quedó mirando la cámara, parpadeando con incredulidad. Los novios no se daban cuenta, perdidos en su propio mundo de amor.

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Mientras permanecía allí, agarrado a su cámara como a un salvavidas, Oliver se cuestionó su propio juicio. “¿He manipulado accidentalmente los ajustes? ¿Es algún tipo de fallo?” Pero en el fondo, sabía que no era así. Sus manos, normalmente tan firmes al encuadrar una toma, temblaban. Se sentía como si hubiera desenterrado un oscuro secreto que nunca debió descubrir.

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Miró a su alrededor, preguntándose si debía consultar a alguien. Pero, ¿a quién? Se sentía acorralado por su propio dilema. Ignorarlo le parecía poco ético, pero expresarlo era como detonar una bomba en medio de una celebración. Todos sus años de experiencia, toda la sabiduría para captar el “momento decisivo”, no le habían preparado para esto.

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“Ojalá pudiera dejar de verlo”, pensó. Pero el hecho era que lo había visto y ahora tenía que tomar una decisión. La gravedad de lo que había descubierto le golpeó; estaba en un punto de inflexión, no sólo en su trabajo, sino tal vez incluso en su sentido de lo que está bien y lo que está mal. “¿Qué hago ahora?”, quiso gritar, pero se quedó callado. Se quedó mirando la cámara, con el corazón latiéndole deprisa.

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Aunque el sol de la tarde seguía brillando, proyectando cálidos rayos sobre los invitados, Oliver no podía quitarse de encima sus crecientes dudas. Intuía que algo importante estaba a punto de ocurrir. Mientras contemplaba la alegre multitud, el castillo iluminado por el sol y el cielo azul, una sensación de inquietud se apoderó de él.

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Así que hizo otra foto. Era como si intentara detener el tiempo, encontrar respuestas claras, aferrarse a una realidad que parecía escapársele.

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Dentro del castillo, las lámparas de araña brillaban y llenaban la estancia de un resplandor dorado. Los rostros de la gente parecían felices y un poco sonrojados por la celebración y el champán bebido. Pero mientras Oliver recorría el lujoso salón de baile con su cámara, las luces brillantes le hacían sentir como si le estuvieran interrogando. Parecían resaltar sus sentimientos de inquietud.

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Repasó las fotos que había hecho hasta entonces: sonrisas sinceras, familiares con lágrimas en los ojos, niños juguetones bailando con esmoquin y vestidos de volantes. “Otra boda más”, pensó, tratando de librarse de la ominosa sensación que se había enroscado en su conciencia como la hiedra.

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Atrapado en esta turbulencia emocional, apenas se dio cuenta de que Anna se le acercaba hasta que la tuvo a un brazo de distancia. Su rostro estaba radiante, pero bajo su sonrisa radiante, percibió un destello de vulnerabilidad, imperceptible para cualquiera que no la observara tan de cerca como él.

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“Oliver, estas fotos significan mucho para nosotros. Espero que no seamos demasiado exigentes como sujetos” Su risa sonó clara, como el tañido de una campana, pero Oliver oyó la pregunta que flotaba en el aire: “¿Va todo bien?”.

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“No, no, sois fantásticos. Es como capturar un cuento de hadas”, la tranquilizó, forzando una sonrisa. Pero cuando sus miradas se cruzaron, sintió que su seguridad se desmoronaba. ¿Realmente podía continuar con esta farsa? Miró a Anna a los ojos y, por un momento, vio su propio reflejo: otra alma en busca de la verdad en un mundo complicado.

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Se anunció la cena, y la multitud fluyó hacia las mesas como un río, dejando a Oliver solo con sus pensamientos y su cámara. Recorrió una vez más las imágenes digitales y se detuvo en la que lo había sumido en esta espiral de dudas. Acercando el zoom, examinó los contornos de la pareja, sus ojos y aquel elemento inexplicable que había sacudido su intuición.

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“He visto esto antes, pero ¿dónde?”, se pregunta, rebuscando en un archivo mental de innumerables momentos que ha capturado a lo largo de los años. Entonces, como una luz que se enciende en una habitación oscura, todo encajó. El corazón se le aceleró mientras rebuscaba rápidamente en la bolsa de la cámara para encontrar su portátil. Tenía que confirmarlo.

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Sentado en un rincón apartado del castillo, lejos de las risas y el tintineo de las copas de vino, arrancó el ordenador. La pantalla cobró vida y rápidamente navegó hasta un conjunto de fotografías de una boda que había fotografiado hacía sólo un par de meses. Sus ojos se abrieron de par en par al encontrar lo que buscaba. “No puede ser”, tartamudeó.

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Su primer impulso fue enfrentarse a Anna. “Ella merece saberlo”, pensó, “aunque la verdad rompa este día perfecto en mil pedazos imperfectos”. Pero mientras se levantaba, con el portátil en la mano, una pregunta lo detuvo en seco: “¿Y si me equivoco?”.

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El peso de la decisión pesaba sobre él. Caminar hacia Anna era como caminar sobre una delgada línea, temeroso de cometer un error. Por fin, de pie al borde de la multitud, la vio de nuevo. Estaba riendo, con la cabeza echada hacia atrás en un momento de alegría pura y desinhibida. Al mirarla, el peso de sus nuevos conocimientos se apoderó de él con una pesadez indescriptible.

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La idea de que pudiera malinterpretar una simple coincidencia y convertirla en una acusación le hizo cuestionarse no sólo su papel en este drama, sino también su propio juicio. ¿Estaba a punto de robarle su alegría basándose en una corazonada, destrozando su mundo en fragmentos de duda y desconfianza?

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Oliver vaciló, dividido entre su conciencia y la duda enconada que no le dejaba en paz. Justo cuando estaba a punto de adentrarse en el remolino de rostros jubilosos y llegar hasta Anna, ella salió con elegancia de la multitud, desapareciendo en una sala más pequeña, lejos de los asistentes a la boda.

Era ahora o nunca.

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Respirando hondo para calmar el acelerado ritmo de su corazón, la siguió hasta aquel espacio más tranquilo. Cuando su mano se posó sobre el pomo de la puerta, sintió que sostenía no sólo un trozo de metal, sino algo que podría cambiar muchas vidas, incluida la suya. “Aquí no pasa nada”, murmuró en voz baja, y empujó la puerta.

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La puerta crujió suavemente cuando Oliver entró en la habitación, su sonido apenas un susurro frente a la inquietante melodía de un violín lejano que se filtraba por las paredes. La habitación estaba tenuemente iluminada, con la luz de una lámpara de araña del pasillo haciendo sombras en el suelo. El aire se sentía pesado, como si algo grande estuviera a punto de suceder, bueno o malo.

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Anna estaba de pie junto a la ventana, con su silueta enmarcada por la luz del atardecer, creando un cuadro etéreo. Parecía sumida en sus pensamientos, mirando al cielo. Tal vez pensaba en cosas importantes, o tal vez sólo en su nueva vida de casada.

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El corazón de Oliver latía en su pecho como un tambor desincronizado con el resto del mundo. La habitación le pareció cavernosa y claustrofóbica a la vez cuando dio un paso vacilante hacia delante. Su voz tembló al romper el silencio: “Anna, ¿me permites un momento? Hay algo que necesito decirte”

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Ella se dio la vuelta y, bajo la suave luz, su rostro era un paisaje de emociones. Sorpresa por su interrupción, curiosidad por su tono solemne, y algo más, tal vez un destello de comprensión intuitiva de que lo que estaba a punto de decir no era poca cosa.

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“Por supuesto”, dijo ella, con voz tan suave como la luz que los rodeaba. “Pero primero déjame recuperar el aliento; el día de hoy ha sido abrumador” Su risa era inquieta, un sutil reconocimiento de que la habitación estaba cargada de una intensidad tácita.

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“Claro”, contestó él, mientras sus dedos golpeaban nerviosamente el portátil que llevaba en la mano. Lo dejó sobre una mesa cercana, mientras su mente se debatía con el lenguaje de la revelación. ¿Cómo decirle a alguien que su cuento de hadas podría tener una subtrama más oscura?

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Cada segundo que pasaba era una gota en el océano de la eternidad y, sin embargo, esos instantes se sentían increíblemente apremiantes, como si el propio tiempo contuviera la respiración, esperando sus palabras. Abrió el portátil, pero antes de que pudiera girarlo hacia ella, miró a Anna a los ojos. Parecía ansiosa e incluso un poco preocupada, como si realmente quisiera entender lo que estaba pasando.

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La mano de Oliver vaciló sobre el teclado táctil, la flecha de la pantalla se cernía sobre el archivo que contenía la prueba condenatoria -o exoneradora-. “¿Y si estoy equivocado?”, pensó, “¿Y si mis sospechas no son más que producto de una imaginación hiperactiva?”.

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Justo cuando estaba a punto de abrir el archivo, una voz atronadora llenó la sala: “Señoras y señores, ¿nos prestan atención, por favor? Es hora de brindar por los recién casados”. El castillo estalló en aplausos y el tintineo de las copas, cortando la espesa tensión entre Oliver y Anna como un cuchillo.

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“Salud”, dijo Anna en voz baja, levantando la copa en su dirección. Tenía la mano firme, pero sus ojos delataban un destello de duda, como si se preguntara si un brindis podía realmente borrar el peso de lo no dicho.

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“Salud”, repitió Oliver, levantando su copa con mano temblorosa. Bebió un sorbo, pero el burbujeante líquido no consiguió quitarle el nudo de la garganta. Volvió a mirar el portátil, ahora a oscuras, ya que había entrado en modo de suspensión y la pantalla era un vacío negro que parecía reflejar su propio conflicto interno.

Su mano seguía posada sobre el panel táctil, con los pensamientos dándole vueltas. “¿Estoy haciendo lo correcto? ¿Debería dejarlo estar?

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Mientras los aplausos y los vítores llenaban el castillo, Oliver y Anna se dejaron llevar por el momento, caminando hacia la reunión de invitados jubilosos. Cada paso que daban parecía un escape temporal de la gravedad de su conversación privada, pero la tensión entre ellos seguía flotando en el aire como una nube invisible.

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“Salud”, dijo Anna esta vez de forma más audible, levantando su copa mientras se unían a la multitud. Su sonrisa era radiante pero reservada, como si una parte de ella siguiera en aquella habitación en penumbra, enredada en el misterio que Oliver estaba a punto de desvelar.

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“Salud”, repitió Oliver, chocando su copa con la de ella. El sonido era nítido y claro, pero a él le resultaba ligeramente disonante, como si cada campanada le recordara los asuntos pendientes que había entre ellos.

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Una vez concluidas las formalidades, la gente empezó a dispersarse, las risas y las charlas llenaron el ambiente. Anna bebió un sorbo de champán y miró a Oliver; sus ojos se cruzaron con los de él un instante antes de apartarse. Oliver lo percibió: las preguntas no formuladas, la incertidumbre y la silenciosa expectación por lo que vendría a continuación.

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Su portátil estaba sobre la mesa de la otra habitación, guardando aún el secreto que les había llevado a aquel precario momento. Mientras se encontraban en medio de la alegre celebración, cada uno era plenamente consciente de que su próximo encuentro sería un punto de inflexión, para bien o para mal. Y así, con copas de champán en la mano, se mezclaron con sus invitados, mientras el peso de las palabras no dichas se cernía sobre ellos, esperando el momento adecuado para ser reveladas.

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Mientras la multitud seguía disfrutando de la fiesta, Oliver supo que no podía seguir así. Respiró hondo y tocó suavemente el brazo de Anna, apartándola de las celebraciones y llevándola a un rincón tranquilo. “Anna, tenemos que hablar de verdad”, le dijo, con una urgencia en la voz imposible de ignorar.

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Anna lo miró, con los ojos muy abiertos y atentos, su risa de hace unos momentos ahora sustituida por una expresión seria. “¿Qué pasa, Oliver?”, preguntó.

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Respirando hondo de nuevo, Oliver se sumergió de lleno. “Mira, Anna, voy a ser franco porque no hay otra forma de decirlo. Tengo razones para creer que Michael lleva una doble vida, que te engaña”.

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Las palabras flotaron en el aire como una nube oscura, ensombreciendo el ambiente alegre que los rodeaba. Anna miró fijamente a Oliver, escrutando su rostro como si buscara alguna señal de que todo aquello era una broma, un mal sueño del que pronto despertaría. Pero la seriedad en los ojos de Oliver le dijo que aquello era cualquier cosa menos eso.

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“Tengo que enseñarte algo”, añadió Oliver, pensando en las pruebas almacenadas en su portátil. “No es algo que quisiera encontrar, pero ahora que lo he hecho, no puedo ignorarlo. Mereces saberlo”

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Justo cuando Oliver estaba a punto de guiar a Anna a la otra habitación, una voz retumbó en el aire, rompiendo el intenso momento. “¡Ahí estáis! Intentando robarme a mi novia, ¿verdad?” La voz de Michael sonó llena de risa, pero con un sutil matiz que Oliver no supo identificar.

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La cara de Anna se sonrojó, el peso de la revelación de Oliver aún pesaba en su mente, pero de repente se vio arrastrada de vuelta al presente por el brazo de su nuevo marido que la rodeaba por la cintura. “Vamos, cariño, están tocando nuestra canción”, dijo Michael, con los ojos brillantes, mientras guiaba a Anna a la pista de baile.

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Mientras Oliver observaba a Anna girar elegantemente en brazos de Michael, un torbellino de emociones encontradas se agitaba en su interior. ¿Debía enfrentarse directamente a Michael, arriesgarse a montar una escena y ser el centro de atención? ¿O debía continuar su conversación con Anna, cargándola con una revelación que podría derrumbar su recién estrenada felicidad?

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Justo cuando reflexionaba sobre estas cosas, Sarah, una de las mejores amigas de Anna, se le acercó. “Oliver, no he podido evitar darme cuenta de que estás un poco raro”, le dijo, con los ojos entrecerrados al ver su expresión preocupada. “Lo que sea que estés pensando hacer, no lo hagas. Es el día de Anna. No lo estropees”

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Sus palabras fueron como un balde de agua fría, haciéndole recapacitar sobre la gravedad de la situación. Pero cuando volvió a mirar a Anna y sus ojos se cruzaron con los suyos al otro lado de la habitación durante una fracción de segundo, sintió una abrumadora responsabilidad. Ella merecía saber la verdad, costase lo que costase.

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Excusándose, Oliver se dirigió hacia Anna, que acababa de terminar su baile con Michael. “¿Podemos hablar?”, susurró, casi suplicante.

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Anna asintió, la incertidumbre volvía a sus ojos, pero también un destello de algo más: resolución. Volvieron a la habitación donde estaba el portátil, cada paso cargado con el peso de lo que estaba a punto de decir.

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“Anna, mis sospechas son muy serias”, empezó, con la voz cargada de emoción. “Creo que Michael ya está casado con otra persona”. La habitación se quedó sin aire mientras los ojos de Anna se abrían de par en par y sus labios se entreabrían con incredulidad. “No puedes hablar en serio”, dijo finalmente, con la voz teñida de desesperación.

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“Ojalá no fuera en serio”, respondió Oliver, con la mano temblorosa mientras movía el ratón sobre el archivo que contenía la foto incriminatoria. “Pero tienes que ver esto” El sudor resbalaba por su frente, como si cada gota llevara el peso de su dilema moral.

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Justo cuando estaba a punto de abrir el archivo, una repentina interrupción rompió la tensión. Pero esta vez, la interrupción fue algo que ninguno de los dos podía esperar.

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La puerta se abrió bruscamente, y allí estaba Michael, con los ojos bailando con una mezcla de sorpresa y diversión. “¿Interrumpo algo? ¿Intentas robarme a mi novia, Oliver?”, se rió entre dientes, obviamente confundiendo la pesada atmósfera con algo totalmente distinto.

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Oliver miró a Anna, cuyos ojos estaban llenos de una confusa mezcla de alivio y desesperación. Era como si quisiera escapar y enfrentarse a la terrible realidad que Oliver estaba a punto de mostrarle.

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Oliver dudó un momento, pero finalmente dijo: “Michael, quizá sea mejor que te sientes”. La frivolidad desapareció del rostro de Michael y fue sustituida por una expresión de preocupación. Cualquier atisbo de humor que hubiera habido desapareció y, por primera vez, Oliver sintió que tenía toda su atención.

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Con mano temblorosa, Oliver hizo doble clic en el archivo, mostrando las fotos una al lado de la otra en la pantalla. En la primera estaba la foto que les había hecho a Michael y Anna ese mismo día, pero en la segunda había algo que pensó que cambiaría sus vidas para siempre..

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“Sé que vives una doble vida, Michael”, dijo finalmente, con una voz teñida de convicción y duda. “Fotografié una boda hace un par de meses, y el novio… bueno, compruébalo tú mismo”

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Mientras giraba el portátil hacia Anna, se preparó para su reacción. ¿Sería de negación, de asombro, o tal vez un corazón destrozado por el peso de la traición? Sin embargo, nada podría haberle preparado para lo que vino a continuación.

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Por un momento, Oliver pensó que le había arruinado la vida. Pero con la misma rapidez, Anna estalló en carcajadas, un sonido tan pleno y genuino que parecía limpiar el aire de la habitación. Oliver se quedó perplejo, atrapado en el torbellino de sus emociones y la inconcebible reacción de ella.

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“Oh, Oliver”, consiguió decir entre risitas, “¡te has equivocado!”. Sus cejas se fruncieron entre la confusión y el alivio. ¿Qué quería decir? ¿Cómo podía haber malinterpretado la situación de forma tan dramática?

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Antes de que pudiera preguntar, Anna, aún riendo, sacó el teléfono del bolso. Dio unos golpecitos y le enseñó una foto. El misterio se desveló en un instante.

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“Ese otro hombre no es Michael; es Greg, su hermano gemelo”, dijo, aún riendo. “Se casó hace siete meses”

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Oliver sintió que la habitación daba vueltas a su alrededor mientras una mezcla de alivio, vergüenza y puro asombro inundaba sus sentidos. “¿Gemelos? Pero ¿por qué tienen apellidos diferentes?” Tartamudeó Oliver, aún aturdido por el inesperado giro de los acontecimientos.

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Michael, que había permanecido en silencio en el umbral de la puerta, observando el desarrollo de la escena, se adelantó. “Ah, eso. Bueno, es una historia un poco larga. Verás, fuimos adoptados por familias diferentes cuando éramos bebés. Mi hermano Greg adoptó el nombre de su familia adoptiva, mientras que yo conservé nuestro apellido biológico”

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Anna añade: “Sí, los separaron al nacer, pero se reunieron hace unos años. Ha sido una experiencia increíble para los dos. Creía que lo sabías, Oliver”

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La cara de Oliver se tiñó de un color rojo sin precedentes, cuando la magnitud de su error le golpeó de lleno. Había permitido que sus suposiciones se convirtieran en falsas acusaciones, casi arruinando lo que debería haber sido el día más feliz de la vida de Anna y Michael. El peso de su error se asentó sobre él, más pesado que cualquier equipo fotográfico que hubiera cargado jamás.

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“Lo siento mucho, chicos”, dijo Oliver, con la voz temblorosa de auténtico arrepentimiento. “No puedo creer que casi arruinara el día de vuestra boda por un error, un malentendido”

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Anna se encogió de hombros, sus ojos se suavizaron. “Sólo intentabas protegerme, Oliver, a tu manera. Pero la próxima vez, ¿podrías comprobar los hechos?”

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Michael se acercó a Oliver y le dio una palmada en el hombro, su humor anterior ahora sustituido por una mirada de comprensión. “Está bien, Oliver. Lo comprendo. Estabas siendo un buen amigo de Anna. Quizá la próxima vez seas mejor detective”

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La risa llenó la habitación, y la tensión que había flotado en el aire como una nube de tormenta momentos antes comenzó a disiparse. “Vamos”, dijo Anna, cogiendo a Oliver y Michael del brazo. “Volvamos a la fiesta. Tenemos una boda que celebrar”

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Mientras se reincorporaban a la fiesta, Oliver sintió un profundo alivio mezclado con una persistente vergüenza. Pero, sobre todo, se sintió agradecido por los giros sorprendentes que puede dar la vida y por las segundas oportunidades. Así que Oliver cogió su cámara y se unió de nuevo a la multitud, capturando sonrisas, risas y la hermosa y ordinaria magia del día.

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Y mientras se concentraba en encuadrar las tomas perfectas, Oliver se rió para sus adentros, sacudiendo la cabeza con incredulidad. Era una historia para los libros, tan extravagantemente enrevesada que dudaba que alguien se la creyera. Estaba impaciente por volver a casa y compartir esta ridícula historia con su sobrina Hailey. A ella le encantaban las historias con giros inesperados, y ésta tenía un giro argumental que ni el escritor más imaginativo podría haber urdido.