Nathan colocó su portátil frente a él, conectado a las cámaras que había instalado antes. Sus manos temblaron ligeramente al pulsar el botón de encendido, mientras contemplaba el depósito de cadáveres vacío desde la comodidad de su coche.
El corazón de Nathan se aceleró al repasar las grabaciones. El ruido era cada vez más fuerte y procedía de algún lugar de la morgue. Le temblaban los dedos al ver cada una de las cámaras, esperando desesperadamente encontrar alguna señal, algo que le demostrara que no se lo estaba imaginando.
Y entonces, en una de las pantallas, vio un movimiento. La pesada puerta crujió y se movió sola, centímetro a centímetro. A Nathan se le cortó la respiración. ¿Qué demonios es esto? pensó, con los ojos muy abiertos. Lo que vio a continuación le dejó helado.
Los párpados de Nathan se volvieron pesados, su cabeza cabeceaba de cansancio. Después de un turno brutal en Urgencias, el depósito de cadáveres era el último lugar en el que quería estar. Pero como era el enfermero más joven del Saint Luther’s, siempre era el primero en ocupar su puesto cuando el deber lo requería, incluso si eso significaba enfrentarse a su peor pesadilla.

El Hospital Saint Luther era famoso por su escasez de personal. Con las clínicas locales cerradas, los pacientes llegaban a raudales, el doble de lo habitual. El lugar era una olla a presión, y nadie podía permitirse un descanso. El primer mes de Nathan había sido un torbellino, pero nada le había preparado para esto.
No había sido elección de Nathan. El Saint Luther era el único hospital en 20 millas a la redonda que aceptaba sus prácticas. A la segunda semana, ya estaba atrapado en la morgue. Los muertos, el frío, el silencio… bastaban para poner nervioso a cualquiera. Pero Nathan no sabía que el frío estaba a punto de convertirse en la menor de sus preocupaciones.

Había sido un día normal para Nathan, al menos eso parecía al principio. Se había pasado la mañana ayudando a los médicos de pediatría, consolando a padres preocupados y manteniendo a los niños tranquilos. Todo era rutinario, un flujo constante de pacientes y procedimientos. Nada fuera de lo común.
Entonces, las puertas de Urgencias se abrieron de golpe. Llegó una avalancha de pacientes: un accidente de coche, múltiples heridas, el caos. Nathan apenas tenía tiempo para respirar entre los primeros auxilios y las intervenciones quirúrgicas. Las horas se confundían en un largo y agotador tramo de agotamiento.

Cuando terminó su turno, Nathan se sentía como un zombi. Pero la morgue le esperaba. De mala gana, avanzó por el frío pasillo poco iluminado. No era el trabajo más glamuroso, pero era tranquilo. Y en aquel momento, Nathan ansiaba el silencio más que nada.
Se sentó en el escritorio, con la espalda dolorida por las horas de estar de pie y moverse. La habitación estaba extrañamente silenciosa, excepto por el zumbido de las luces fluorescentes. Nathan se estiró, tratando de deshacerse del cansancio. Era sólo otra noche, otra ronda de espera.

El trabajo en la morgue no era complicado. Te sentabas, esperabas y estabas preparado por si alguien necesitaba equipo o si llegaba un nuevo cadáver. Por el momento, no había nada más que hacer que mirar cómo avanzaba lentamente el reloj. Nathan soltó un suspiro y se hundió más en la silla, con los párpados pesados.
El crujido se hizo inconfundible. No era el aire acondicionado. No era el zumbido de las luces. El leve movimiento resonaba en algún lugar de la habitación. El corazón le dio un vuelco. Estaba solo en el depósito. Entonces, ¿de dónde procedía el ruido?

Escuchó atentamente, pero el sonido cesó tan rápido como había empezado. El silencio que siguió fue sofocante. Nathan sacudió la cabeza, culpando al cansancio. “Sólo estoy cansado”, murmuró para sí, forzando una risita y volvió a descansar los ojos.
Volvió a cerrar los ojos, dejándose llevar por el cansancio. Durante un buen rato, todo le pareció bien, tranquilo, pacífico, como cualquier otra noche. El zumbido de las luces, el aire frío y el silencio eran todo lo que necesitaba para adormecerse.

Pero entonces, los sonidos volvieron. Esta vez, más fuertes. El crujido era inconfundible y procedía de algún lugar del depósito. Nathan abrió los ojos de golpe. Su corazón se aceleró cuando el ruido pareció acercarse. Estaba solo, ¿verdad? Solo en esta habitación fría y desolada.
Se levantó, con la inquietud recorriéndole la espalda. El sonido era inquietante, como si se moviera a su alrededor, viniendo de diferentes direcciones. Nathan avanzó con cautela y observó el espacio. No había nadie, no había movimiento. Todo estaba como debía.

Nathan dudó, todavía inseguro. Los sonidos habían sido tan reales, tan tangibles. Volvió a mirar a su alrededor, observando las sombras de los rincones. Todo estaba en su sitio, no había señales de perturbación. Exhaló bruscamente, tratando de calmar su acelerado corazón, recordándose a sí mismo que sólo era el cansancio jugándole una mala pasada.
Pero el frío en el aire persistía mientras se acercaba a la puerta y decidía comprobar el pasillo. Estaba vacío, silencioso, como siempre. El pasillo se extendía ante él y conducía a los almacenes y a la salida. No había señales de vida, ni movimiento. Sólo la inquietante quietud del hospital por la noche.

Nathan se detuvo un momento, con la respiración entrecortada, antes de volver a entrar en el depósito. Cerró la puerta tras de sí, mientras el leve crujido de la puerta seguía atormentando sus oídos. Fuera lo que fuese lo que estaba ocurriendo, no podía explicarlo. Pero una cosa era cierta: estaba solo en esta parte del hospital y algo no iba bien.
A la mañana siguiente, Nathan se arrastró de vuelta al hospital, con la mente todavía pesada por los acontecimientos de la noche anterior. Encontró a una enfermera en la sala de descanso y, tras un momento de duda, decidió contarle su extraña experiencia.

“Tal vez haya comenzado tu iniciación”, dijo la enfermera con una risita, claramente divertida. “Es parte del trabajo aquí en San Lutero” Le dirigió una mirada cómplice, del tipo que implicaba que pronto lo entendería.
Nathan parpadeó, perplejo. “¿Iniciación? ¿Qué quiere decir? La enfermera se encogió de hombros. “Las travesuras de San Lutero son un rito de iniciación. Todo nuevo recluta tiene que pasar por ello. Cosas que desaparecen, ruidos extraños, historiales de pacientes extraviados…” Su voz era despreocupada, como si le estuviera contando una broma.

La mente de Nathan empezó a aclararse al recordar su primera misión en la morgue. El médico que le había advertido con una sonrisa: “Cuidado, la morgue está encantada. Nunca sabes lo que te vas a encontrar ahí dentro” En aquel momento, pensó que era una broma, otra forma de fastidiar al novato.
Cuando la enfermera le tranquilizó, Nathan se relajó. Todo formaba parte de la tradición, no había de qué preocuparse. Los ruidos extraños, las sensaciones inquietantes… no eran más que bromas inofensivas diseñadas para jugar con su cabeza. Soltó una carcajada, dándose cuenta de que la noche anterior había estado demasiado nervioso.

Esa noche, Nathan entró en la morgue con una sensación de calma. No iba a dejar que las bromas le perturbaran. Al fin y al cabo, todo formaba parte del trabajo. Los ruidos extraños, los crujidos, incluso el silencio espeluznante: estaba preparado. Estaba preparado.
Cuando la noche se asentó, el familiar sonido de un leve crujido volvió a resonar en la morgue. Sonaba como si alguien se moviera, como el crujido de la ropa. Nathan se detuvo y aguzó el oído. El sonido era sutil pero inconfundible. Sacudió la cabeza, descartándolo como otra broma inofensiva.

Cerró los ojos y se recostó en la silla, decidido a deshacerse del malestar. Los párpados se le hicieron pesados y pronto se quedó dormido. Pasaron las horas y Nathan no se dio cuenta de que había sucumbido al cansancio.
De repente, un fuerte golpe rompió la quietud. Los ojos de Nathan se abrieron de golpe, su corazón latía con fuerza. Una figura oscura apareció en la ventana de la puerta, corriendo hacia la salida. La figura era rápida, fugaz, nada más que una sombra. Nathan se quedó sin aliento, presa del pánico.

Por un momento, el miedo le paralizó. Su mente se agitó tratando de comprender lo que había visto. Su cuerpo se tensó y la adrenalina inundó su organismo. Pero entonces, con una respiración agitada, Nathan se calmó. “Ja, ja, muy gracioso, chicos”, dijo en voz alta, tratando de calmar sus nervios.
Exhaló profundamente, dejando que la tensión desapareciera. No era más que otra broma. Probablemente, la figura era alguien con un uniforme oscuro, tomándole el pelo. Nathan se rió de sí mismo, tratando de quitarse el miedo de encima. Al fin y al cabo, todo formaba parte de la tradición. Nada más.

A la mañana siguiente, Nathan empezó su turno como de costumbre, pero algo no encajaba. Al entrar en la sala de descanso, su superior lo llamó con gesto serio. “Nathan, tengo que hablar contigo”, le dijo con tono urgente. “Faltan varios paquetes de EPI y botellas de formaldehído de la morgue”
Nathan parpadeó, sorprendido. “¿Faltan? ¿Qué quiere decir?”, preguntó, tratando de mantener la calma. El ceño de la empleada se frunció. “Han desaparecido. Y ya que has estado en la morgue la semana pasada, necesito saber si has visto algo inusual”

Nathan se echó a reír. “Oh, ya sé lo que está haciendo”, dijo con una sonrisa, pensando que se trataba de otra broma. El empleado le miró confuso. “¿De qué estás hablando? La sonrisa de Nathan se desvaneció mientras intentaba disimular su nerviosismo.
“¿Esto no forma parte de la iniciación? Los ruidos extraños en la morgue, los objetos desaparecidos… Me imaginé que era otra broma” La expresión del asistente se volvió más seria. “No, no lo es”, respondió, con voz firme. “No sé de qué me está hablando, pero estos objetos han desaparecido y tiene que presentar un informe al respecto”

A Nathan se le encogió el corazón. Estaba seguro de que los sucesos extraños formaban parte de la tradición. Pero ahora, al oír el tono serio de su superior, empezó a dudar. Pensó en mencionar la figura oscura que había visto en la morgue, pero dudó.
Sabía que no podía admitir que se había quedado dormido, sólo para ser despertado por una sombra fugaz. La idea de parecer un loco, o peor aún, un novato asustado, le hizo callar. Se limitó a asentir, sintiendo el peso de la situación.

“Presentaré el informe”, dijo Nathan, con la voz más apagada que antes. Mientras se alejaba, no podía deshacerse de la persistente sensación de que algo no iba bien. Las bromas, el equipo desaparecido… todo empezaba a parecer algo más que una broma.
Aquella noche, Nathan entró en el depósito de cadáveres con la mente aturdida por la desaparición del equipo. Se había tomado varias tazas de café para mantenerse alerta, decidido a enfrentarse a lo que fuera que estuviera ocurriendo. No podía evitar la sensación de que algo no iba bien, pero no podía dejar que el miedo le dominara.

Cuando se acomodó en la silla, el silencio le pareció más denso de lo habitual. El leve susurro, del que se había convencido de que formaba parte de la broma, volvió a sonar. Esta vez era más fuerte y persistente, y el aire a su alrededor parecía más frío. Se frotó los brazos, tratando de ignorar el frío.
Oyó un ruido seco. Un portapapeles cayó del mostrador y se estrelló contra el suelo. El corazón de Nathan dio un vuelco y se quedó inmóvil, con los ojos fijos en el origen del ruido. Se levantó y se acercó cautelosamente al mostrador, pero no había nada, nada fuera de lugar. El portapapeles estaba en el suelo, como si se hubiera caído solo.

Una sensación de inquietud se apoderó del pecho de Nathan. Respiró entrecortadamente y se agachó para recoger el portapapeles, tratando de racionalizarlo. Quizá sólo fuera una corriente de aire, pensó. O quizá lo había empujado sin darme cuenta. Pero incluso mientras se decía eso a sí mismo, el aire a su alrededor se sentía mal, más frío de lo que había estado momentos antes.
Empezó a volver a su asiento, pero un movimiento le llamó la atención. La figura sombría apareció de nuevo, junto a la ventana de la puerta. Esta vez era más oscura, su forma más definida, casi como si le estuviera observando. Nathan se quedó sin aliento. Parpadeó y la figura había desaparecido.

Se le aceleró el pulso. Es sólo mi imaginación, pensó, pero no pudo evitar la sensación de que no estaba solo. El depósito de cadáveres, que siempre había sido un lugar tranquilo y estéril, ahora le parecía sofocante. No podía explicar la sensación de que alguien -o algo- le observaba desde las sombras.
Nathan temblaba y tenía las manos húmedas. No podía racionalizarlo todo. Los ruidos, las sombras, el repentino descenso de la temperatura… todo era demasiado. Sentía cómo el pánico se apoderaba de su pecho. Sus pensamientos se agitaban mientras intentaba razonar con el pánico que le subía por el pecho.

Un repentino ruido resonó en el pasillo, agudo y estremecedor. El corazón de Nathan se aceleró cuando el sonido reverberó por toda la morgue, pero no pudo reunir la energía necesaria para comprobar si se trataba de una broma o de algo más. Rápidamente envió un mensaje a su supervisor: Me encuentro mal, me voy a casa a pasar la noche. Luego, sin pensárselo dos veces, cogió sus cosas y se marchó.
Nathan dio vueltas en la cama toda la noche, demasiado asustado para dormir. Los ruidos de la morgue se repetían en su mente, la figura sombría persistía en sus pensamientos. Cada vez que cerraba los ojos, sentía el peso del frío silencio de la morgue, y cada crujido de la estructura de su cama le provocaba pánico.

Por la mañana, no había podido dormir. Se sentó en el borde de la cama, con la mirada fija en el suelo, repitiendo los acontecimientos en su mente. El murmullo, las sombras, la bajada de la temperatura… Toda la noche había estado mal. No parecía una broma, pero pensar en fantasmas era demasiado.
Su mente luchaba con el dilema: ¿podrían ser realmente fantasmas? Su parte racional lo rechazaba, pero nada de lo ocurrido anoche le había parecido natural. No podía deshacerse de la sensación de que estaba al borde de algo aterrador. Sin embargo, una cosa era segura: no iba a dejar que aquello le atormentara, no tan pronto en su carrera.

Aquella mañana, Nathan decidió que no se quedaría de brazos cruzados. Se detuvo en una ferretería antes de ir a trabajar y compró sensores de movimiento, cámaras y algunos micrófonos para poner en marcha su propia investigación. Estaba decidido a llegar al fondo de lo que estaba ocurriendo en aquel depósito de cadáveres.
En el trabajo, durante la pausa para comer, Nathan instaló discretamente las cámaras y los sensores de movimiento en el depósito. Los colocó en las esquinas, detrás de los equipos, para que nadie se diera cuenta. Los sensores estaban pensados para rastrear animales domésticos, pero pensó que servirían perfectamente para detectar movimiento, tanto si se trataba de una persona como de algo más siniestro.

Terminó su tarea rápidamente, sin perder de vista el reloj para evitar sospechas. Sus manos temblaban mientras ajustaba las cámaras, una mezcla de miedo y determinación le impulsaba. No sabía lo que estaba a punto de descubrir, pero no podía seguir viviendo con miedo, no sin respuestas.
Esa noche, Nathan decidió no entrar en la morgue. Recorrió el pasillo como cualquier otra noche, pero en lugar de dirigirse a la puerta, dio media vuelta y se dirigió a su coche, aparcado detrás de un árbol cerca de la salida. Su portátil estaba en el asiento del copiloto y la pantalla brillaba débilmente.

No se atrevía a volver a la morgue, no después de todo lo que había pasado. Una parte de él pensaba que, fuera lo que fuera lo que atormentaba aquel lugar, podría revelarse más libremente si él no estaba físicamente presente. La otra parte de él, la parte empapada de miedo, simplemente estaba demasiado aterrorizada para volver a entrar.
Nathan colocó su portátil frente a él, conectado a las cámaras que había instalado antes. Sus manos temblaron ligeramente al pulsar el botón de encendido, mientras contemplaba el espacio vacío de la morgue desde la comodidad de su coche. Durante un rato, no ocurrió nada. Sólo el silencio de una habitación vacía, el parpadeo ocasional de la señal y la inquietud que flotaba en el aire.

Tal vez estoy exagerando, pensó Nathan, tratando de calmar su corazón acelerado. Es sólo una broma, algo que aún no he descubierto. Pero cuanto más miraba la pantalla, más dudas le asaltaban. La morgue parecía demasiado quieta, demasiado silenciosa. Había oído los ruidos, había visto las sombras. Pero ahora… no había nada.
Se recostó en su asiento, frustrado. Tal vez los fantasmas sólo se muestran cuando hay alguien allí, razonó. No se comportarían si estoy aquí sentado como un tonto en mi coche. Miró la hora, sintiendo cómo pasaban las horas. Seguía sin haber nada. Quizá todo estaba en su cabeza. Quizá había estado persiguiendo sombras.

A medida que pasaban los minutos, la mente de Nathan empezó a divagar. ¿Por qué estoy haciendo esto? pensó. Si sólo estoy imaginando cosas, estoy perdiendo el tiempo. Estaba a punto de darse por vencido, preparándose para volver al interior, cuando el micrófono captó de repente un sonido.
La cremallera. Era débil al principio, pero inconfundible: el sonido lento y deliberado de una cremallera desabrochándose. Nathan se quedó paralizado. Se le quedó la respiración entrecortada y cambió rápidamente al micrófono. Eso es, pensó. Algo está ocurriendo. Pasó los ojos de una cámara a otra, pero seguía sin ver qué hacía ese ruido.

Entonces se oyó un ruido familiar. El corazón de Nathan se aceleró mientras buscaba en los canales. El ruido era cada vez más fuerte y procedía de algún lugar de la morgue. Por favor, que haya algo en estas cámaras, se suplicó Nathan. Le temblaban los dedos mientras miraba todas las cámaras, esperando desesperadamente encontrar alguna señal, algo que demostrara que no se lo estaba imaginando.
Y entonces, en una de las pantallas, lo vio: el armario de la morgue abriéndose lentamente. La pesada puerta crujió al moverse, centímetro a centímetro. A Nathan se le cortó la respiración. ¿Qué demonios es esto? pensó, con los ojos muy abiertos. Lo que vio a continuación le dejó helado.

Sintió un escalofrío que le recorrió el cuerpo al ver una figura negra que salía de los armarios de la morgue. Su pulso se aceleró cuando la figura caminó por la morgue, casi mezclándose con las sombras.
Nathan observó horrorizado, con el corazón martilleándole en el pecho, cómo la figura negra avanzaba lentamente por la morgue. Se confundía con las sombras, su forma apenas se distinguía, pero su presencia era innegable. Sus ojos estaban pegados a la pantalla, incapaces de apartar la mirada, incluso cuando el terror se apoderó de él.

Entonces, como si se tratara de una horrible sincronización, otras dos figuras salieron de distintos armarios, sus cuerpos se contorsionaron mientras se movían con una facilidad antinatural. Se movían como sombras, con movimientos deliberados y espeluznantes. Nathan sintió un nudo en la garganta y un sudor frío se apoderó de su piel.
Cada músculo de su cuerpo le gritaba que se moviera, que hiciera algo, lo que fuera, pero no podía. Le temblaban los dedos al coger el teléfono; su mente le pedía a gritos que pidiera ayuda, pero su cuerpo se negaba a obedecer. Estaba congelado, completamente paralizado por la visión que tenía ante sí. No podía apartar la mirada.

Los movimientos de las figuras eran lentos y precisos, pero cada vez que se movían o se arrastraban, a Nathan se le retorcía el estómago. El miedo que sentía no era sólo físico: le aterrorizaba la imposibilidad. Veía cosas que no podían ser reales y, sin embargo, todo en las figuras gritaba que lo eran.
A Nathan le parecieron horas los segundos que pasó sentado en el coche, mientras la pantalla mostraba imágenes de las figuras sombrías que se arrastraban por el depósito de cadáveres. Su respiración era entrecortada y su mente se apresuraba a comprender lo que estaba viendo. El terror le mantenía pegado al asiento, pero entonces algo cambió.

Una de las figuras negras empezó a acercarse a los armarios. Nathan vio con incredulidad cómo introducía la mano en uno de los cajones y sacaba frascos de formol con un movimiento lento y deliberado. Nathan abrió los ojos, confuso. ¿Qué estaban haciendo? ¿Qué estaba ocurriendo?
Entonces, para su creciente horror, las otras dos figuras hicieron lo mismo. Cogieron cajas de EPI y las apilaron metódicamente, moviéndose con determinación. La visión provocó una onda expansiva en el cerebro de Nathan.

El miedo de Nathan se transformó en confusión. Lo que estaba viendo ya no tenía sentido. Las figuras no estaban merodeando por la morgue, sino que actuaban como si tuvieran un objetivo, una intención. Estaban reuniendo herramientas, preparándose para partir. Nathan sintió la imperiosa necesidad de detenerlos, pero no sabía cómo.
Su mente buscaba un plan. No podía quedarse de brazos cruzados. Se acercaban al pasillo y Nathan se puso en marcha. Arrancó el coche y se dirigió a toda velocidad hacia la salida, con el corazón acelerado mientras lo aparcaba horizontalmente para bloquear la puerta.

Una vez bloqueada la salida, el pánico se apoderó de Nathan. No tuvo tiempo de pensar, el instinto se apoderó de él. No podía enfrentarse a las tres figuras él solo. Su corazón martilleaba en su pecho mientras intentaba averiguar qué hacer a continuación. El único pensamiento que tenía sentido era pedir ayuda.
Abrió de golpe la puerta del coche y corrió hacia el mostrador de seguridad del hospital, con la respiración entrecortada. El aire frío le mordía la piel, pero lo único que le importaba era que alguien le escuchara. Las piernas le ardían por la urgencia de la carrera y la mente le daba vueltas en una nebulosa de miedo.

Cuando por fin llegó a la sala de seguridad, estaba sin aliento y su cuerpo temblaba. “Hay… tres sombras negras… cerca del depósito…”, jadeó, apenas capaz de recuperar el aliento. Sus palabras salían a borbotones, pero apenas podía encontrarles sentido.
Los guardias de seguridad le miraron, con la confusión pintada en el rostro. “¿De qué estás hablando?”, preguntó uno de ellos, tratando de procesar sus palabras. A Nathan se le aceleró el pulso y el pánico aumentó. “Por favor Vayan a la morgue Son sombras negras que roban cosas” Su voz estaba al borde de la histeria, y la desesperación sonaba en cada palabra.

Finalmente, algo en su pánico pareció encender su respuesta. Los guardias intercambiaron miradas y entraron en acción. Uno de ellos cogió una radio y ordenó a los demás que se dirigieran a la morgue. Nathan, aún sin aliento y con los ojos desorbitados, los siguió tan rápido como pudo, con los pies tropezando bajo sus pies.
Cuando llegaron a la morgue, las figuras seguían allí, moviéndose sigilosamente entre las sombras. Los agentes se movieron rápidamente, rodeando a las figuras. La tensión era densa, como la cuenta atrás de algo inevitable. Nathan miraba horrorizado, incapaz de apartar los ojos de las figuras mientras los agentes las agarraban.

Se quitaron las capuchas y revelaron algo mucho peor que cualquier hombre-fantasma, vestidos con trajes negros y con los rostros ocultos bajo máscaras ajustadas. Los agentes los levantaron, revelando lo que Nathan no esperaba: los ladrones se habían escondido en la morgue, utilizando bolsas para cadáveres como tapadera.
Los agentes no tardaron en descubrir el alcance de la operación. Los delincuentes se habían colado en la morgue bajo la apariencia de cadáveres, ocultándose a plena vista. Cuando caía la noche, salían de las bolsas y se llevaban el material de la morgue y otros suministros médicos para venderlos en el mercado negro. La mente de Nathan daba vueltas. Había creído ser testigo de lo sobrenatural, pero esto era mucho peor que cualquier fantasma.

La operación llevaba meses en marcha, sin que nadie se diera cuenta, excepto Nathan. El depósito de cadáveres, aislado y raramente revisado, se convirtió en un escondite perfecto para los ladrones. El hospital, desbordado y falto de personal, nunca pensó en cuestionar la falta de suministros. No fue hasta que Nathan, con sus ojos frescos, empezó a darse cuenta de las anomalías.
El hospital elogió a Nathan por su rapidez mental. Reconocieron su valentía al descubrir los robos y le recompensaron por su iniciativa. Pero a pesar de los elogios, la verdadera recompensa fue el alivio de saber que se había enfrentado a algo aterrador y le había puesto fin.

Cuando Nathan se dirigía al trabajo al día siguiente, una sensación de paz se apoderó de él. El depósito de cadáveres, antes lleno de temor, ya no le atormentaba. Las sombras se habían despejado y se había quitado un peso de encima. Por primera vez, se sintió preparado para enfrentarse a lo que viniera, sabiendo que podía hacerlo.